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El historiador francés Rosanvallon dice que “La igualdad que deviene de la urna electoral es para nosotros la condición primaria de la democracia, la forma más elemental de la igualdad, la base más indiscutible del derecho. Pero esta unanimidad es reciente.” En el mismo sentido, este mismo historiador advierte que la Democracia es la historia de una indeterminación. ¿A qué indeterminación se refiere? Principalmente a la que resulta de dos imprecisiones: por un lado, la cuestión de la representación y la aplicación de sistemas representativos que algunos consideran conforme al espíritu democrático, mientras que otros lo ven como un tipo de régimen en ruptura con él; por otro lado, la problemática en torno a los sentidos que puede adquirir la noción de soberanía, en tanto los actores han oscilado entre las visiones de una soberanía relativamente pasiva y una soberanía de ejercicio.
A su vez, otro historiador francés, Furet, señaló, correctamente a mi entender, que todas las revoluciones (después de la francesa) han tendido a percibirse a sí mismas como un principio absoluto, como el inicio de la historia. En el caso argentino, Bartolomé Mitre, hijo de la revolución, se encargó de “fundar” la historia de la Nación Argentina, en particular a partir de la Historia de Belgrano. En el ensayo introductorio sobre “La sociabilidad argentina” con la que introducía la edición de 1877, Mitre consideró que ya en tiempos coloniales “todas las provincias del Río de la Plata presentaban la homogeneidad de una democracia genial, en que todos eran iguales de hecho y de derecho.”. De esta caracterización de la sociedad rioplatense se desprendía el corolario de que la revolución argentina fue el “producto espontáneo de gérmenes fecundos por largo tiempo elaborados”. Sin embargo, hasta las décadas finales del siglo XX, los historiadores que estudian América Latina y la Argentina han considerado a los regímenes del siglo XIX como sistemas electorales restrictivos desde el punto de vista de las leyes, y excluyentes desde el punto de vista de los hechos (o “las prácticas”, como lo denominan los académicos). La lectura que se desprendía entonces era la de una apropiación del gobierno por parte de unas élites que buscaban, por medio de leyes restrictivas y la práctica del fraude, negar al “pueblo”, deseoso por votar, el acceso a las urnas.
Pero ni Mitre ni la historiografía de buena parte del siglo XX estaban completamente en lo cierto. La historia electoral de la Argentina estuvo lejos de una supuesta progresión de un sufragio restringido a un sufragio “universal” coronado con la ley Sáenz Peña. Cuando Mitre hablaba de una “democracia genial” en tiempos de la colonia estaba explicando el presente por el pasado colonial, pero con ello no describía el régimen de gobierno, sino que estaba haciendo una lectura sociológica, es decir, pensaba a la sociedad y no a las instituciones ni al régimen de gobierno. De todos modos, se podría decir que filosóficamente “la universalidad” de la ley Sáenz Peña era la misma que aquella que regía cuando estaba escribiendo Mitre. Lo que modificó la reforma de 1910, entre otras cosas, fue la técnica del sufragio. En este sentido, lo innovador de la reforma no fue el secreto ni su universalidad sino la obligatoriedad en tanto que a partir de entonces todos (léase los que permitía la ley, porque las mujeres, por ejemplo, no estaban incluidas) debían votar mientras que anteriormente cualquiera podía hacerlo (también de acuerdo a lo que dictaba la ley).
Por ello, la cuestión de la democracia y las elecciones es un tema complejo que sigue siendo hoy en día, en el año del Bicentenario, analizado por historiadores, politólogos y otras disciplinas. Pero actualmente se encaran los análisis teniendo en cuenta distintos factores: las leyes, las representaciones (es decir cómo la gente interpretaba y otorgaba sentido), las prácticas (cómo la gente actuaba más allá de lo que supuestamente las normas y leyes indicaban), lo que concierne al mundo “intelectual” (léase las corrientes ideológicas/filosóficas y cómo los “lenguajes” políticos se los apropiaban) y siempre tratando de no recaer en lecturas teleológicas (es decir, pensar que hay un camino a seguir que debe derivar en un punto determinado, en nuestro caso podría ser la reforma de Sáenz Peña) y, por último, teniendo en cuenta los distintos contextos.
Dicho esto, ¿cómo eran las elecciones en 1810 y qué sentido adquirían para los contemporáneos? La respuesta no es nada simple y creo que cualquiera que se de aquí va a ser incompleta. Antes de decir cualquier cosa, hay que hacer algunas advertencias. Por empezar, hay que quitarse la idea de que los personajes de 1810, cualquiera de ellos, pensaban como lo podemos llegar a hacer nosotros en la actualidad. En segundo lugar, hay que tener en cuenta que los rioplatenses, desde el más radical al más conservador, no tenían la más mínima idea de lo que sucedería en el futuro cercano, y ni hablar de que estaban “liberando a la Argentina”. En tercer lugar, hay que pensar que todo aquello que remitía a la autoridad suprema de la monarquía pierde sentido y, por lo tanto, son tiempos en los cuáles hay que reconstruir un nuevo orden y autoridad, lo que implica pensar, crear y recrear nuevas reglas de juego, es decir barajar y dar de nuevo, todo esto en medio de una guerra que no sólo es importante por lo que puede implicar de por sí cualquier evento bélico, sino porque además permitió el ingreso al espacio de las decisiones políticas a un conglomerado de actores que antes no estaban incluidos por distintas razones.
Por otro lado, también hay que tener presente cómo era la sociedad del Antiguo Régimen, puesto que las cosas no cambian de un día al otro. El Estado y la sociedad no tenían las mismas características que en la actualidad. En primer término, a pesar de la imagen o “fantasía” que hoy en día se pueda tener de un rey, el gobierno español no era un monopolio de los monarcas, sino que estaba ampliamente distribuido y compartido entre diferentes cuerpos. Efectivamente, la sociedad del antiguo régimen se caracterizaba por la ausencia del concepto de individualidad y por estar compuesto antes por estamentos, corporaciones y pueblos, que por individuos. Y en ese entramado de cuerpos primaban las relaciones jerárquicas, no solamente entre personas sino también entre instituciones y ciudades (por ejemplo, el Cabildo de Buenos Aires era el más importante en la jerarquía de cabildos del Virreinato del Río de la Plata y en mayo de 1810 se convocó únicamente a los “cabeza de partido”). Es en este marco que se produjo la Revolución de Mayo.
De este modo, durante la etapa colonial, en América existían la institución del Virrey y todas aquellas otras que estaban bajo la tutela del monarca, pero también otras que estaban ligadas directamente con la población local, como los cabildos, que disfrutaban de una gran independencia en el manejo de sus asuntos, tenían su propia jurisdicción y contaban con “fueros” y “privilegios”. Los Cabildos (o Ayuntamientos) eran la institución que encarnaba a los distintos “pueblos” (cada ciudad, por decirlo de una manera), y digo “encarnar” porque no representaban, sino que eran el pueblo. Los miembros del Cabildo eran los cabildantes quienes eran elegidos por los propios cabildantes anteriores. No existía un acto en el cual los ciudadanos de cada pueblo votaban por los cabildantes. Las pocas excepciones de elecciones de alcaldes y regidores (otros “funcionarios”) se hicieron por “elección general de los vecinos” bajo la figura del Cabildo abierto. Y como se puede ver, se convocaba a los “vecinos” y no a los “ciudadanos”.
¿Por qué subrayo la distinción entre “vecinos” y “ciudadanos”? En mayo de 1810 los cabildos también convocaron a los “vecinos” y, de hecho, a “la parte principal y más sana del vecindario”. No se trataba de una simple cuestión de vocabulario de moda. “Vecino” y “Ciudadano” remiten a distintas concepciones de sociedad y orden político. Mientras que la “ciudadanía moderna” conlleva las ideas de universalidad, igualdad, individualidad y abstracción, el estatus de “vecino” implicaba desigualdad (es decir, existencia de privilegios), la pertenencia a un grupo y la idea de un hombre concreto (territorializado). La condición de vecindad le era otorgada, de este modo, a quien reuniera los requisitos de ser jefe de familia (incluía a los domésticos), tener casa abierta, justificar un tiempo de residencia determinado (tener una propiedad) y no ser sirviente; es decir, los vecinos no podían tener ningún lazo de dependencia social. Por otro lado, el estatus de vecindad no podía concebirse sin una reputación moral públicamente reconocida y sin el compromiso en los asuntos y negocios de la ciudad que se convertían en una obligación indeclinable si se era electo, puesto que la finalidad del cabildo era dedicarse al servicio y a la utilidad comunes en todos sus aspectos. Por lo tanto, la condición de vecindad era un privilegio que llevaba aparejada también sus cargas.
Con todo, las Cortes en Cádiz comenzaron a esbozar la noción abstracta de una nación compuesta por individuos iguales y libres al mismo tiempo que la revolución traía la noción de “hombre libre” en un contexto en el cual las referencias y garantías últimas de autoridad, la Corona, ya no contaban. De modo que las primeras elecciones realizadas a partir de 1810 para elegir diputados a la Junta, se hicieron bajo la forma de cabildo abierto, de manera similar a la época colonial, pero pronto la dinámica revolucionaria junto con la lucha de facciones, llevaron a que se produjeran cabildos abiertos y asambleas populares que estuvieron lejos de ser la manifestación de la “parte más sana del vecindario” y que fueron un factor importante de inestabilidad política en estos primeros meses y años. Es por ello mismo que la necesidad de encontrar una garantía de gobernabilidad llevó a implementar a partir del Reglamento de 1811 (que creaba Juntas Provinciales) el comicio y el sufragio indirecto puesto que de esa manera las negociaciones entre los diversos grupos en disputa se harían en el seno de asambleas con los vecinos más distinguidos y ya no por medio de tumultos en la plaza pública. Por lo tanto, el debate en torno al cabildo abierto o representación ocupó más la atención que la cuestión de la amplitud o restricción del derecho a voto. De hecho, pronto se vieron ante el problema de la escasa participación electoral, ya que raramente superaba los doscientos votantes.
En síntesis, durante la década de 1810, la inclusión o la exclusión siguieron remitiendo a un universo social antes que un universo político. Es decir, para poder votar era necesario tener una propiedad u “oficio lucrativo y útil para la comunidad” que garantizaran una independencia social (dependientes, transeúntes y vagabundos quedaban fuera de la sociedad). Los comicios reforzaban el aspecto comunitario: la base de la nueva representación era la familia y el ciudadano siguió siendo definido en general como “vecino”, mientras que el marco parroquial fue la división espacial elegida. Las elecciones tenían las dos funciones de legitimar el poder y seleccionar, y estaban previstas para separar la deliberación de la elección. En este orden de ideas, el lenguaje empleado solía ser el de “nombrar” y no “elegir”. Sin embargo, la inestabilidad política continuó siendo una constante hasta 1820 y las elecciones sufrirán una modificación radical en 1821, pero eso lo explicaremos en otro momento.
Bibliografía
El autor del cuadro Cabildo Abierto es el pintor uruguayo Juan Manuel Blanes (1830-1901)
Antonio Annino: Historia de las elecciones en Iberoamérica, siglo XIX. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1995.
François Furet: Interpretar la Revolución Francesa.
Pilar González Bernaldo de Quirós. Civilidad y política en los orígenes de la nación Argentina: la sociabilidad en Buenos Aires 1829-1862. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001.
François-Xavier Guerra: De lo uno a lo múltiple: dimensiones y lógicas de la Independencia en Anthony McFarlane y Eduardo Posada-Carbó, eds., Independence and Revolution in Spanish America: Perspectives and Problems, London, Institute of Latin American Studies, 1999.
François-Xavier Guerra y Annick Lempérière: Los espacios públicos en Iberoamérica: ambiguedades y problemas, siglos XVIII-XIX. México, Fondo de Cultura Económica, 2004.
Pierre Rosanvallon: La démocratie inachevée. París, Gallimard, 2000
Marcela Ternavasio: La revolución del voto. Política y elecciones en Buenos Aires, 1810-1852. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1995.
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